miércoles, 22 de octubre de 2008

Nuevo caso de suicidio artístico cometido por la víctima, en casa del aparejador Milton Hastings, al este de Suffron Park

-Entonces, sargento Ruiseau... ¿certifica que la señora Hastings murió víctima de sí misma?
-Sí, capitán. Es un nuevo caso de suicidio artístico. Últimamente proliferan. La señora Hastings se suicidó golpeando a su esposo repetidas veces en la cabeza con un ladrillo macizo mientras el señor Hastings disfrutaba de una corta siesta antes de volver a la obra, en Cherry St., cerca de Snowfields. Claro que antes le apremió convenientemente para que durmiera con el casco, señor.
-Entonces él, sobresaltado por los golpes, obedeciendo a un natural instinto de supervivencia, prácticamente dormido aún, la estranguló inocentemente.
-Yo no lo hubiese descrito mejor, capitán.
-Le felicito, sargento Ruiseau. Hágale llegar al señor Hastings mis condolencias.

DOND STAS, INBCIL?


Cojeaba, lo advertí sin mirar atrás, vigilando su reflejo en cristales y espejos. Por más calles que doblaba, reaparecía a lo lejos, pese a su minusvalía. Opté por el metro, había una boca en la siguiente esquina. Si entraba en el andén, la abordaría. Estaba decidido. Bajé y esperé el tren, mirando de reojo las escaleras de acceso a mi parada. Nada. La había perdido. Por fin. Entonces, vibró el móvil en la mochila. Pero no era mi teléfono... ¡ni mi mochila! Acababa de llegar un mensaje: 



lunes, 20 de octubre de 2008

capítulo 26

A la hora poco mágica en que las brasas para los pinchos morunos se apagan, alguien tuvo la cordura de decir «La belleza es efímera». Es cierto que hubo sonrojos, sienes que palpitaban enfrentadas a miradas de loto y una humildad que fue el mejor piropo.
Pero de ningún modo se podría entender esto sin decir que del caos de esa novela que es «...ntos suspen...» (y que nunca se acabará pulcramente como nunca comenzó con pulcritud), saldrá la posibilidad de cumplir una promesa. 
El cuento prometido es el capítulo 26 de la novela: Patricia va a visitar a su compañero de trabajo Andrés, quien había decidido pasar sus dos semanas de vacaciones encerrado en casa,  en una placentera molicie. Ella venía de un todo, él no acaba de salir de una nada. 

Para V.,
que no se arredre
 nunca


...l sonido del timbre le llegaba como un lejano eco, desde algún rincón del confortable sueño en que se había hundido sin querer. Sobresaltado, abrió los ojos y sin tener conciencia absoluta de dónde se hallaba, salió disparado hacia la puerta. La abrió y la vio y fue despertando en tanto escuchaba sus reproches porque llevo tres minutos llamando y bueno, me vas a dejar pasar o qué... y, entonces, oh, cielos, tierra empieza a tragarme despac... Seguía desnudo. Muy desnudo. Desnudísimo. Abre la boca, cierra los ojos y cuenta hasta cinco. Salió corriendo como alma que lleva el diablo, despierto, desnudo, dirección dormitorio y ella, desobediente, apenas cerraba un ojo e iba contando y repasando... tres... cuatro... el pequeño desorden casero y, gracias, gracias a Dios, se moría de la risa y le bromeaba, porque me alegro de no verte demasiado vestido para la ocasión... cuatro y media... La mujer se adentraba, se adentraba y, a la voz de ¡cinco! abrió el otro ojo y ¡hop! Él apareció con un pantalón de deporte, blanco, y con la cara sonriente, roja. Al haberse quedado dormido con el pelo aún húmedo, éste se le había abultado al mejor estilo Tina Turner o glorioso Rod Stewart y estaba muy gracioso. En ese bochorno de sangre que no bajaba más allá de las cejas ni a la de tres, no acertaba con las palabras ni a la de diez, así que tuvo que venir ella a salvarle con una risa de chicle de hierbabuena o clorofila con mucho azúcar, mucho, mucho azúcar.
Ella sí venía vestida para la ocasión, aunque sin aparatosidad ni aspaviento. Estaba guapísima. Entre risas y no risas, habían alcanzado la cocina y Andrés logró rescatar una silla de aquel desbarajuste a medias. Se la ofreció y ella dio comienzo al acto, a primera vista inocuo, de despojarse de su preciada chupa, de su chupa roja para ocasiones explosivas y, la verdad, para las que no lo eran tanto. Lo cierto es que se la ponía prácticamente a diario. Debajo llevaba una escueta camiseta blanca, ajustada como una piel extra de algodón cien por cien que insinuaba, con claridad malévola, sus pezones. Ese deshacerse de la chamarra con aquella lentitud, con aquel reposo como de pasmo de Triana, el ir constatando los picos tersos de sus pechos con aquella parsimonia endemoniada adornada con aquella perfección de Tiziano, acabaron con la poca seguridad que su risa de menta le había procurado en el pasillo. La misma magnitud con que Andrés, en otras ocasiones, había cosechado tantas alabanzas, se disparaba irremisiblemente, amenazando la pulcra estrechez de su pantaloncillo de tenis. Sus movimientos devinieron cómicos, su rostro recuperó de nuevo el aspecto de una granada madura. Patricia, ni que decir tiene, se había percatado al instante de lo que le sucedía y lanzaba furtivas miradas, ojeadas sesgadas hacia aquel nada despreciable bulto que él, con agravante torpeza, trataba de disimular.
Tienes un problema o es que te alegras de verme, pensó ella, recordando el diálogo de no sabía qué película. Memoria selectiva la suya. Pero en lugar de eso, le dijo que bueno, algo de beber no vendría mal, si es que te queda algo por ahí. Algo quedará, no te muevas. Dos vasos, veamos, oh, gracias a Dios, limpios y... hielo que, cómo no, se le escurrió y de nuevo risas... y no te preocupes... más risas... no soy escrupulosa... Ya no podían más y a Andrés le agarró una risa sin control, paranoica y contaminante que se repetía en las quijadas de Patricia y ambos se desternillaban, hasta el llanto. Rodaba él por los suelos con una carcajada que le inundaba los ojos y le hacía retorcerse, al diablo la impresión... ¿todo ha salido mal? Acabó boca arriba tratando infructuosamente de ahogar con las manos una risa que le llegaba desde el estómago como minúsculos terremotos de aire. Hacía calor. Patricia, con el rimmel ligeramente corrido, se le acercó para tratar de decirle algo e intentar sacarle de aquel caos de hilaridad. Él daba la impresión de irse calmando, respirando acompasado, en un heroico intento por recobrar un mínimo de compostura, buscando en los restos de su cerebro algo para salir con holgura de aquella desconcertante situación. Sea como fuere, la actitud de Patricia le había resultado sumamente agradable y empezaba a tener la sospecha de que el desastre irreparable, inconmensurable, insufrible, inenarrable que él había pensado que era aquello desde la llegada de la chica, realmente no lo era tanto y que ella se estaba divirtiendo de verdad. A su costa, estaba claro.
En efecto, ella se le acercó para decirle algo en el momento exacto en que él decidió que era hora de incorporarse. Jerry Lewis y Stella Stevens. Frentes chocando con violencia, primer momento de terrible dolor, chica con ajustadísima camiseta de algodón blanco que se incorpora a la legión de los tendidos, valga la paradoja. Yacían apretando las manos en las respectivas frentes como queriendo aplacar los dolores del topetazo. Apenas pasó la oleada del golpe, les sobrevino un segundo ataque de risa que puso a Patricia, prona, pataleando en el piso como podía por ver de liberar un aire que se le comprimía peligrosamente en el vientre perfectamente modelado por el aeróbic. Amenazaban con quedar exhaustos. Andrés se le acercó, entre convulsión y convulsión. Era ella ahora quien se esforzaba en recobrar compostura y habla, secándose las lágrimas de unos ojos que, a estas alturas, eran ya un completo borrón de rimmel. Él le depositó un cariñoso beso en la mejilla y empezó a incorporarse con fatiga pero, antes que siquiera alcanzara a separar el culo del suelo, ella lo atrajo hacia sí y le regaló unos labios envenenados de placer, untados de deseo almacenado durante tantos días de rumiante ahogo, de introspectivas dolorosas, de angustias color alfalfa o trébol o simple hierba, de color amor, en resumidas cuentas. Su lengua de vaca que reía le maltrataba las encías, los caninos, los premolares, los alvéolos dentales y el cielo sin nubes de la boca; le cosquilleaba en los carrillos carnosos, en el frenillo de su propia lengua como cuernos de caracol que reconoce el camino, de animal sabroso que iba reposando su delicia húmeda, mojando una libertad meramente táctil. Ella se había adueñado de la situación y no estaba dispuesta a ceder esa ventaja, de momento; él no era ya más que un entusiasmo en sus manos: la izquierda atacaba el breve pantalón, pugnando por encontrar lo que al llegar la había saludado inesperadamente. Casi chilla después, al palpar el enorme latido y, bueno, realmente se alegra de verme y quien tiene el problema, el verdadero, el apetitoso problema, soy yo... Pensaba, y se regocijaba, pero para entonces no había quién la detuviera, ni quien detuviera la mano de quien empezaba a resucitar y le desabrocha los tejanos con una pericia que a ella no le pasaba inadvertida. Decidieron amarse, ya que habían sido incapaces de entablar una conversación mínimamente dec...

viernes, 17 de octubre de 2008

De 'El asno en globo': Antología de poetas ladinos

A.H.Znusz Gallardo, en su sección poética habitual de la revista del sanatorio, nos regala, en el nº 27, una selección de poemas de (¿apócrifos?) poetas que él llama ladinos. Quiero pensar que se trata, si existen, de vates sefarditas, como quizá lo fue el mismo autor del espacio reseñado.
De la veintena de poemas reflejados, he seleccionado los cuatro siguientes, atendidendo únicamente a un, como es lógico, muy discutible gusto personal:

¿Quién pugnará, alzando sus manos 
con el viento por que cese? 
¿Quién alumbrará la rosa 
que maginifique los campos de centeno? 
¿Quién tejería un válido preludio 
a este mísero poema? 
Estoy lejos de cualquier recuerdo 
pero no tiene consistencia el eco. 
Ni tampoco nada me responde...
(Gustav Ruy Shlommec)

Doble engranaje, 
música doble es. 
Un tamtam en una octava 
pero pulso y tuyo es 
y tuyo y tú 
donde tú vas, va. 
La caricia de tu estampa 
y te extrae los fríos. Sí. 
(Ariel Peres Lipck)

¿A quién ladran los perros que ladran a la luna? 
¿Qué palabra escondes en la mano tras un susto? 
¿Es cierto que sabe a sal el agua de un disgusto? 
¿Es más real el cielo que refleja la laguna? 

No sé de mucha felicidad, apenas una 
especie de pasajera paz, y si soy justo 
alcanza como mucho a aclarar mi gesto adusto 
y los años que he vivido: mi mayor fortuna. 

No tengo respuestas y siempre pensé que el viento 
No guarda más que brisa agradable sobre un puente. 
No busco nidos en esta selva de cemento. 

¿Cuál es la muerte que tiene el borracho que miente? 
¿Belleza? No la hallarás aquí, en este momento. 
Sólo una duda infame que arrasará tu mente... 
(Shennen K. Minnoz)

Mira ese silencio 
que se turba de nostalgia, 
asume la tristeza que acoge 
la venganza 
de un regocijo no tan lejano 
como aquella nieve en tu ventana, 
como aquella lluvia algún día 
te lavaba el alma. 
Nieva, el almanaque 
dice que nieva. Calma. 
¡Que bien se miden en la nieve 
la luz, la luz y la distancia! 
(Yoshbaz Molay) 

Hitzik gabe

jueves, 16 de octubre de 2008

«C»

Hoy le apetece algo menos tierno de lo normal. Se encamina al moderno arcón que se compró como regalo en la última Navidad recordando que Cristina rondaba, si no los pasaba, los cincuenta. «Buena elección» se dice, sonriendo en silencio. Levanta la pulcra tapa del frigorífico y dirige a la mirada al receptáculo marcado con una enorme «C» rotulada en negro indeleble. 
«Antes de morir, ¿qué me gritó?», piensa antes de decidirse definitivamente. 
-Ah, sí, ya recuerdo: "¡maldito cabrón de mierd...!" - dice en voz alta, mientras extrae, por fin, un brazo derecho, extremadamente fino, cubierto de una fina escar...

martes, 14 de octubre de 2008

Funcionarios

En la hora del café de la mañana de los de la oficina de Impuestos y Exacciones en el bar de Asensio, ella le hablaba siempre de cómo amaba a Salazar, el adjunto de Inventariado patrimonial, y de cómo le agradecía poder contar con él para poder contarle a alguien cómo amaba a Salazar.
En las tardes, mientras el tentempié con la gente de Patrimonio en la cafetería de Fortu, él no se cansaba de ponderar a Merikaetxeberria, la de la mesa de Vehículos de Tracción Mecánica y de describirle ese amor que lo ahogaba tanto que de no ser por el desahogo que le ofrecía la media horita del tentempié con él, que también ponderaba, se moriría con ese amor callado.
Cuando llegó la primavera un viernes, Celestino, el veterano ordenanza de la planta de Economía, Hacienda y Patrimonio, le dijo a Salazar que no podría ir, desde el lunes, a tomar el aperitivo de la tarde y que, si quería desahogarse, podrían tomar un café en las mañanas, en lo de Asensio. 
Ella esperaba en su mesa de siempre la llegada de Celestino. Cuando éste apareció con Salazar, ella estuvo en un tris de volcar el café con leche sobre la falda. Merikaetxeberria estrechó su mano como si  fuera a perder la suya para siempre, él tomó la de ella como si acogiera mariposas. 
La sorpresa de ambos fue mayúscula cuando el ordenanza les abandonó de sopetón con una disculpa peregrina. Cualquier cosa que les dijera, era mentira. Dejó el local pensando, mientras se dirigía a tomar el café en la cafetería de Fortu, que en la tarde volvería a lo de Asensio, para un tentempié que se prometía deliciosamente solitario.

viernes, 10 de octubre de 2008

¿No ve la novela? (y 3)

Soledad vivió siempre rodeada por sus trece hijos: Magdalena, que nunca estaba para el desayuno, Delfín que jamás aprendió a nadar, Santos, quien jamás pisó un templo, Fidel y su colección de novias engañadas, el mal bicho de Benigno, Zenón y su costumbre de acostarse en ayunas, el tímido León, la decidida Margarita, el complaciente Severo, Dulce, que vivía amargada por compartir habitación con Lidia y su perenne campaña antitaurina y Martirio, que era un encanto. Y, claro, Benjamín, el primogénito, que odiaba el champán...

lunes, 6 de octubre de 2008

Sebastián, Lucía

Es viejo, Sebas
pero vale.
Felicitats...


Lucía despierta con ese pálpito de las cosas buenas en el pecho. Despacio. Despierta palpando el hueco que la desespera a su izquierda. Su felicidad se borra desde la yema de los dedos que no le encuentran a su lado hasta los ojos que no quieren abrirse aún.
Lucía se ducha lamentando que el agua diluya ese rastro estremecido de la noche entre sus brazos. Se seca con la mirada perdida todavía en el sueño. Desayuna mirando el día que perfila las azoteas de enfrente, pero sin ver  el sol que se promete. Sin ver. Le habla al café de esta repentina soledad. Fuma con cierta mansedumbre su desencanto de hoy.
Lucía se viste el uniforme diario y el espejo le pinta la cama deshecha a su espalda, arrugada de caricias nuevas. Piensa en la vida de él tan cerca, tan lejos de la suya. Imagina su clandestino despertar, su huida silenciosa y se maldice por haberse dado el lujo de dormirse acariciando estrellas en su frente. Maldice haberse rendido al placer de sumirse en su último beso, de repetirlo como si sus labios fueran los mil espejos de un laberinto. «¿Por qué esperabas que se quedase si apenas le conoces?» le pregunta a la mujer que se arregla un lazo enfrente. 
Lucía toma los abalorios del día y baja a la calle temiendo que no vuelva a verlo, temiendo que la ciudad devore su sombra escapando a medio vestir en la alta madrugada, cerrando sin ruido la puerta, sin el mísero regalo de un susurrado adiós. Sin la oportunidad de un adiós. Sin la oportunidad de atar un amor que sólo ella siente que siente.
Lucía avanza en el tránsito diario de las aceras que bullen. La mañana le arrebata una lágrima helada en el semáforo. Se pliega en un escalofrío, mete las manos en los bolsillos de la chaqueta roja de perfecta secretaria y en sus dedos se enrosca un tosco trozo de papel. Hay un teléfono. Hay una posibilidad. Lo desenvuelve. Hay unas letras. No hay ningún adiós. Hay un estruendo de cláxones que no consiguen sacarle ni la sonrisa ni el ensueño cunado cruza, desprevenida y feliz, leyendo, leyendo, releyendo...




Es éste el mejor momento para inventarte.
Duermes con tus cuatro o cinco pájaros,
lejos, seguramente, de mí, ahí, al lado.
De la comisura alzada se te escapa la noche,
yo la entretengo despacio en el café
y en los versos que hallarás
camino del trabajo, en el bolso,
doblados dentro
del paquete de rubio.
¡Tras!
Ahora estamos juntos, sonríes, lo sé,
y sin remedio, cruzarás sin mirar
el semáforo de la avenida,
mientras interpretas este beso,
redoblando, lentamente,
esta cuartilla,
este poema,
estos labios,
todos de papel.

jueves, 2 de octubre de 2008

¿No ve la novela? (2)

Cuando Tristán contó el chiste, Blanca se sonrojó, Rosa palideció, Lucía se apagó y Dolores quiso morirse de la risa; sólo Sofía no entendió nada. Mientras, Casto las miraba a todas con su habitual mirada llena de lascivia...