jueves, 28 de agosto de 2008

Crepúsculos

Boomp3.com


Otros años me la he pasado retratando nubes con enojosa y torpe obsesión. Es lo malo de que una cámara más o menos decente caiga en manos de un dominguero irredento. Suelo tener, cuando menos, el buen gusto de no torturar visitas con el pase interminable de 400 diapositivas de diversos cúmulos, cirros nimbos e incluso estratos. O con el de 300 crepúsculos (¡hermosísísmosss!!) como es el caso de este verano en que he estado casi a diario aupándome a diferentes tapias y encaramándome a más de un poco fiable muro de pizarra...
Ustedes pueden perfectamente saltarse esta entrada que no mejorará las mil y una presentaciones que seguramente les llegan por mail con impresionantes fotos de atolones, islas paradisíacas y rincones inéditos. Yo apenas les dejo cuatro o cinco (o seis) de mi corto veraneo sureño. Hay más, puedo jurarlo, pero dejaremos que reposen de momento en hermosa carpeta de imágenes perdida en mi ordenador...
La que reposa sobre estas líneas es de uno de los prodigiosos atardeceres que se pintan en el enclave de la desembocadura del Guadalquivir y que el buen amigo Marco ponderó mil y una vez con denuedo. Se quedó corto en sus apologías: hay una luz que te saca de ti mismo en esos últimos instantes y que no deja de ser única. Como, tal vez, lo sean también los demás atardeceres que les ofrezco.



Éste de la segunda fotografía dibuja el cerro de Magacela recibiendo al sol. La tarde tostaba naranjas en el horizonte, desparramándose de púrpuras y viejas chaquetas de ante...




Sentado en la terraza del bar de la Laguna, con una fresquita, cuatro aceitunas y el repliegue vespertino de los aviones y las golondrinas que limpian la charca, el día 13 nos dejaba con este cielo. Éramos cuatro y callábamos. Empezaba el relevo de los »murciégales» y Matisse estaba muy cerca.



Y, claro, en Orellana también anochece con un arrebato de fuegos que te aquietan en el asiento. El libro resbala al regazo, la luz te avasalla de fulgores insospechados.
Pero no se lo digáis a nadie...




Y un poco antes...





Y un poco después...

jueves, 21 de agosto de 2008

Sanlúcar, 07-08




La voz tenía razón:
fui doble sin remedio,
escapando
por el mismo río
de mi límite.
Y más geométrico
pudriéndome
tras los ojos
que me multiplican
porque doblan
el coraje de la envidia
cuando el sol
pugna con la muerte
la belleza que mata.
El mar, entonces,
no está
más que para azogue
y otros llantos.
Cada minuto
era otro rubí,
la baranda, la reja feliz...